SteamGod

—Pásame el antioxidante. —Naty, la asistente, obedeció—. Ahora el rostro del niño…y cera caliente.

El profesor apoyó las manos en su cintura y se apartó a un lado para contemplar al nuevo niño. Naty se sacó las grandes gafas para hacer lo mismo.

El robot medía como un niño, vestía ropa donada y en su cabeza colgaba desprolijo un rostro desprovisto de ojos y labios. Temblaba, se le caía la mano y expedía vapor de la boca cuadrada.

—El tiempo.  —El profesor señaló el temporizador que colgaba de su bolsillo. Ordenó su retirada con un gesto y Naty se dispuso a obedecer.

Ella se agachó junto al robot y lo cubrió con una capucha evitando que su cara fuera vista. No quería que alguna abuela reconociese a su nieto profanado. Había demasiadas complicaciones como para añadir un drama familiar.

Luego de encintarle la mano, se la apretó hasta llevarlo detrás de la camioneta. De allí fueron al puerto en donde pidió un bote.

No tardó en remar hasta el punto de interés, en medio de ninguna parte. Cuanto más rápida fuese, menos tiempo tendría para encariñarse con el robot.

Los tentáculos asomaron del mar vibrando por un nuevo tributo provocando fuertes olas. Lo que hubiera más abajo era un misterio que ni el profesor se atrevía a fantasear. Si tenía ojos y descubría que el niño era un fraude todos tendrían grandes problemas.

—Ahí vamos.

Se acercó a su acompañante con pasos tambaleantes y dio un pequeño empujón hacia  su destino donde los tentáculos lo apresaron.

Por unos meses más, habría paz. Luego, habría que volver al cementerio a por otro niño.