SteamGod

—Pásame el antioxidante. —Naty, la asistente, obedeció—. Ahora el rostro del niño…y cera caliente.

El profesor apoyó las manos en su cintura y se apartó a un lado para contemplar al nuevo niño. Naty se sacó las grandes gafas para hacer lo mismo.

El robot medía como un niño, vestía ropa donada y en su cabeza colgaba desprolijo un rostro desprovisto de ojos y labios. Temblaba, se le caía la mano y expedía vapor de la boca cuadrada.

—El tiempo.  —El profesor señaló el temporizador que colgaba de su bolsillo. Ordenó su retirada con un gesto y Naty se dispuso a obedecer.

Ella se agachó junto al robot y lo cubrió con una capucha evitando que su cara fuera vista. No quería que alguna abuela reconociese a su nieto profanado. Había demasiadas complicaciones como para añadir un drama familiar.

Luego de encintarle la mano, se la apretó hasta llevarlo detrás de la camioneta. De allí fueron al puerto en donde pidió un bote.

No tardó en remar hasta el punto de interés, en medio de ninguna parte. Cuanto más rápida fuese, menos tiempo tendría para encariñarse con el robot.

Los tentáculos asomaron del mar vibrando por un nuevo tributo provocando fuertes olas. Lo que hubiera más abajo era un misterio que ni el profesor se atrevía a fantasear. Si tenía ojos y descubría que el niño era un fraude todos tendrían grandes problemas.

—Ahí vamos.

Se acercó a su acompañante con pasos tambaleantes y dio un pequeño empujón hacia  su destino donde los tentáculos lo apresaron.

Por unos meses más, habría paz. Luego, habría que volver al cementerio a por otro niño.

El club del peluche

— ¿Te gusta mi peluche? —preguntó la chica del vestido celeste.

≪Genial, nos habló la loca.≫

Un segundo. Habían cruzado un segundo la mirada en el tren y ya había comenzado a hablarle.

Ella, delgada y rubia, se había sentado frente a él al ser el único lugar contra la ventana. Siempre que la veía en sus viajes ella contemplaba el paisaje ¿Por qué hoy tenía que distraerse con él?

Adiós auriculares. Adiós pensamientos monótonos sin importancias pero que al menos entretenían la media hora del trayecto. Hola loquita.

— ¿Cómo dices? —Intentó hacerse el desentendido, deseando ser lo suficiente efectivo como para esquivar la bala.

—Lo estabas mirando, a Cora.—Le mostraba una amable sonrisa, remarcada de locura gracias a las pronunciadas ojeras.

≪Vámonos. No quiero estar aquí.≫

Se contuvo de moverse de asiento, atado a un juramento social implícito de no ser maleducado.

En sus manos jugaban con su suave piel, lo que sea que fuera. Tenía orejas de conejo, cara de gato, cuerpo de perro y cola de mapache. Incluso una de las patas traseras parecía ser… ¿la de un tigre? ¿Un puma? ¿Existían peluches de puma?

Lo que sea que sea eso…eso se llamaba Cora.

—No estaba mirando nada. —Amagó para colocarse los auriculares. Si aumentaba el volumen lo suficiente quizás podía ignorar la presencia de la joven.

—Toma. —ella extendió ambas manos, con Cora en el extremo. Lo miraba con ojos neutros y sus pronunciadas costuras donde las distintas partes se unían.

≪ ¿Qué deberíamos hacer?≫

No tuvo tiempo de contestarse. Tenía a Cora entre sus dedos. Era suave, incluso los hilos que unían al conejo con el gato y al perro con el mapache.

Era horrible, sí, pero encajaba a la perfección con el estado mental que reflejaba la chica con sus medias de distintos colores, una amarilla, otra oscura.

≪Esto…Cora, me recuerda un poco al león que tenía de chiquito. Blasón se llamaba… ¿lo guardé en la bolsa o en la caja?≫

Hacía tiempo que no pensaba en su peluche. Maldita chica de olor a nostalgia.

—¿No es bonito? —preguntó ella inclinándose hacia él, apoyando su cabeza sobre las manos. Sonreía.

≪Visto desde este ángulo…es un poco bonita.≫

—¡No! —contestó a la voz de su mente y a la chica, más brusco de lo que hubiera deseado.

Ella le volvió a sonreír, como si hubiera escuchado otra respuesta.

—¡Oops! —Se levantó y le arrebató el peluche—. Acá me bajo yo.

Le besó la mejilla y con pasos alegres se dirigió a la puerta.

—Por cierto. —Giró antes de desaparecer entre la multitud—. Cora dice que Blasón se siente solo en la bolsa.