Víctor y Nina

Dormía en paz bajo las estrellas hasta que patearon su colchón.

—¿Pero qué…? —Víctor se levantó ya con cascote en mano, listo para usarlo.

—Ya lo terminé. —Nina, de su edad,  extendía hacia él un libro desgastado—. Quiero otro.

—¿Es urgente? —preguntó bajando la piedra—. ¿Puedes esperar a mañana?

Nina negó con la cabeza. La luna mostraba sus harapos y cabello enmarañado.

Víctor suspiró y tomó su mano para llevarla hasta la biblioteca. Siempre por el camino más largo donde Nina no se lastimaría los pies. Ya encontraría zapatos para ella.

Con la luna llena la noche era tan indefensa como el día. Las personas reían en fogatas lejanas y alguien tocaba la guitarra debajo del semáforo inclinado como todos los días.

Divisó la biblioteca. También al viejo Cráneos.

Era desagradable. Encorvado y con el rostro vendado, siempre llevaba colgado de su cuello huesos, a veces chicos, a veces largos. Sus harapos eran peores que los de Nina.

Se refugiaron en una casa sin techo y Víctor tapó la boca de Nina hasta que el tintineo óseo se alejó. Entonces avanzaron hasta llegar a la media biblioteca.

Desde las calles se podía divisar sus estantes cada vez más vacíos. Sus libros habían salvado  muchas vidas del frío e incluso algunos continuaban haciéndolo aunque Víctor se entristecía al pensar en Nina.

—Espérame aquí. —La soltó y se adentró al arruinado lugar como un felino. La luna era su aliada y cada salto era tan seguro como un paso bajo el Sol. Llegó a una mesa y de allí a un estante inclinado.  Siguió escalando hasta arriba, el tercer piso, donde estaban los mejores. Nina tendría algo decente esa noche.

En el último estante del tercer piso, bien arriba, encontró una portada con mariposas. Sonrió. Colgado tan alto podía verle a ella e imaginarse su alegría. La madera se desprendió de sus dedos y Víctor cayó. Vio el segundo piso cuando lo tiraron del brazo hacia suelo firme. Solo entonces paró de gritar.

El viejo Cráneos se apartó, ahora con pose firme y vigorosa.

—G-Gracias… —balbuceó Víctor mirándose el brazo.

—Aléjate —dijo el viejo con voz rasposa. Volvió a encorvarse y regreso a las sombras acompañado del repiqueteo de su collar.

Víctor obedeció al instante.

Afuera encontró un árbol ancho y a su pie Nina abrió el nuevo libro. Víctor permaneció a su lado en silencio.
«Había una vez…»

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