La carrera de Salomón

«Búscame en donde llueve.»

Aun escrito en computadora mantenía la esencia de River. Era la carta que me traía de regreso al pueblo. Si tenía suerte la volvería a ver con vida, de lo contrario, era una trampa.

—Aquí podremos volver a empezar —dijo ella cuando llegamos y todo comenzó para nosotros.

Era un pueblo pequeño, de aquellos que solo puedes llegar gracias a la casualidad y el destino. Pese a su monotonía, había logrado sacarle una sonrisa a ella y por ello ya merecía mi aprecio.

La primera semana fuimos presentados en el bar y nos sentimos en casa. Personas simpáticas, en especial el tabernero, Jack «El oso». De brazos velludos y espesa barba se había mostrado como todo un caballero ante River y como un amigo ante mí.

Ambos desaparecieron dos meses después.

Para el final del invierno ya era inmune a la falsa gentiliza de los pueblerinos. O me negaban una respuesta o buscaban convencerme de la inexistencia de River. Después comenzaron las amenazas y me marché sintiéndome vigilado. Que hagan lo que quieran, pensé, encontraría a mi River.

Al año siguiente, las únicas pistas que hallé fueron historias turbulentas del bueno de Jack. Cuanto más oscuros los rumores menos idílica me parecía la fuga de ambos.

Me armé un pequeño círculo de informantes, enemigos de Jack, y adquirí un arma. En medio año ya sabía usarla y ya eran varios los escondites que conocía del maldito. Pero seguía sin ver la sonrisa de River.

Fue un limbo insoportable.

De regreso al pueblo, ahora busco por ella una última vez. La madrugada y la niebla iban tomadas de la mano y no había alma alguna  en las calles. Fui al único lugar que se me ocurrió.

La puerta del bar estaba abierta y su interior desierta. Entonces la oí gritar, chillando y pidiendo ayuda. Encontré la escalera al sótano y bajé con el arma en mano. Estaba cerca. La salvaría.

La hallé colgada cabeza abajo. Alguien le cortó la garganta mucho tiempo atrás y supe que escuchaba una grabación de sus últimos momentos.

Caí de rodillas con los dedos acariciando su rostro muerto. No sonreía y yo temblaba.

Jack se puso a mi lado con el frío de la escopeta sobre mi nuca.

—¿Por qué?

—Era necesario —dijo—. No me debiste haber buscado.

Reía. Yo estaba armado pero siquiera lo intenté.

Ya nada importaba.

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